El Congreso de los Ratones

Vivían felices muchos ratoncitos en la despensa de una casa, hasta que llegó un famoso gato llamado Micifuz como huésped de ella.

Aquel habilísimo cazador en tres días hizo tal estrago entre ellos, que apenas si se veía a uno que otro pericote pasearse por la despensa.

Micifuz, empeñado en su cacería, se propuso exterminar la población ratonil. Los pocos sobrevivientes se hallaban presas de terror y pasaban mil penurias para buscar alimento. Para los desventurados roedores, Micifuz era el mismísimo demonio.

Transcurrieron los días, y los ratones, que no podían salir ni en la quietud de la noche, vivían escondidos por miedo a los zarpazos del despiadado enemigo, que los tenía en constante zozobra.

No pudiendo continuar en tales angustias, un día, aprovechando que Micifuz fue a visitar a una gata monona de la vecindad, se reunieron para deliberar a fin de hallar el medio de salir de tan tremenda situación.

Después de varias horas de debate, sin haber llegado a conclusión alguna, se adelantó un ratoncillo y pidió ser escuchado.

Todos se callaron, pues querían oír la opinión del humilde pericote. Quizá fuera a proporcionarles la solución del problema…

— Señores congresistas —dijo el sabido pericote—, mucho se ha hablado en esta asamblea, pero nada con sentido práctico. Yo propongo que, cuanto antes, atemos al cuello del gato un cascabel y, como al andar hará tañer su colgajo, tendremos tiempo para escapar de sus garras.

Tan ingeniosa proposición hizo revolcarse de gusto a los asambleístas y, encontrando muy sesudo el consejo, abrazaron y felicitaron al autor de la feliz ocurrencia.

Calmado el alboroto, un viejo y bigotudo ratón, bastante marrullero, observando con malicia la propuesta, dijo gravemente:

— Todo está muy bien; pero ahora, díganme ustedes ¿quién le pone el cascabel al gato?

— Yo no se lo pongo; soy muy tonto —se excusó uno de ellos.

— Yo soy corto de vista —advirtió otro.

— Yo me siento muy viejo y torpe —acotó otro.

Y así, uno tras otro se fueron excusando. De modo que, al cabo de un momento, todos los ratoncillos retornaron a sus madrigueras. Y sin llegar a una solución definitiva, se disolvió el congreso.

Moraleja: “Del dicho al hecho hay mucho trecho”

 

Publicado por: Ohslho
La Paz, 05 de Noviembre del 2014
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