La Amante de Martincho

Un largo y tendido comadreo de mujeres se llevaba a cabo en el Restaurant de la esquina de la plaza principal del pueblo. Entre ellas estaba también la amante de Martincho, que era una mujer de aspecto poco atractiva. 
Llegó un día en que el hombre estaba ciegamente enamorado de ella. Y sucedió que la esposa de Martincho, la señora Emilia, después de tanto chismorreo, se molestó incontrolablemente y fue al encuentro de la amante de su esposo. Interrumpiendo la acalorada chismorrea de las comadres, dijo a la amante:
– Es usted la mujer que le ha hecho perder la cabeza a mi marido, ¿verdad? ¡Desgraciada, malnacida! ¿Qué tienes tú que no tenga yo?
La mujer contestó:
– Señora, analizar eso de que tienes o tengo no me corresponde. Eso debería saberlo usted. Su marido me ama, me da cariños, y yo le doy lo que todo hombre espera de su mujer.
Entonces rechifló Emilia:
– ¡Malnacida, pervertida! ¿Qué de bueno puedes tú ofrecerle a mi esposo? Él es un hombre de reputación, un hombre civilizado. ¡Tú eres la culpable por haberlo echado a perder! ¡Mugrosa, hija de puta!
La amante replicó:
– Señora, tal vez usted tenga razón. Pero su esposo ha encontrado en mí lo que buscaba porque, yo, “en la mesa soy una dama; en la cama, una puta; como un hombre se lo merece”.
Ser puta o santa, no tiene importancia. La cuestión es vivir la vida en todas sus facetas, porque del lodo nace el loto.
Ohslho
La Paz, 08 de Octubre del 2012
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