Martincho y su Amigo

Al fin Martincho se había enterado que su esposa Emilia andaba enamorando con su mejor amigo. Pero como para ella era tan normal la cosa, el amigo que no quería perder la amistad de Martincho, se resistía a dar curso a las insinuaciones constantes de Emilia.
 
Las cosas se habían vuelto tan candentes que, un día, al encontrarse con Martincho, el amigo titubeó:
 
– Lo siento Martincho, deberías conocer toda la historia, no ha pasado nada; de todas maneras -si así lo prefieres- podemos dejar de ser amigos.
 
Martincho contestó:
 
– Conozco la historia desde el principio, ella me lo contó hace poco. Ese día no sabía que eras tú, pero ahora sí. Sé que no has cedido a sus insinuaciones, en situaciones tan propicias, y eso te honra. Si no fuera así ya no te estaría hablando. A ella, sin duda, le hubiera encantado ser tuya.
 
El amigo no sabía cómo reaccionar ante tales palabras. Se limitó a preguntar:
 
– ¿Estás sugiriendo que tu mujer te ponga ‘cuernos’ conmigo?
 
Martincho contestó:
 
– Estimado amigo, lo de ‘cuernos’ es un concepto muy antiguo, pasado de moda. Nadie ha sido diseñado para la monogamia, ni el varón ni la mujer. Ella, desde que leyó el libro ‘Diario de una ninfómana’ asumió su rol de hembra y aprendió a gozar del sexo.
Es bueno aceptar razonablemente el imperativo: ‘No hay varón ni mujer que haya sido diseñado para la monogamia’. El ser humano es polígamo, como cualquier otro ser vivo.
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